Inmigración y expansión de la frontera agropecuaria.
Gran parte del territorio americano fue transformado con la mayor celeridad por inmigrantes cuyas motivaciones se derivaban, a veces, de sus ideales utópicos, pero habitualmente de sus sueños de riqueza, y que, por lo tanto, obedecían más a sus mentes que a su corazón o a sus sentidos.
La transformación de una inmensa parte de las tierras de la provincia de Entre Ríos es el resultado de la oleada inmigratoria de fines del siglo XIX y de principios del siglo XX. Este proceso de poblamiento produjo un cambio sustancial en el uso del suelo, una expansión espacial que, en América Latina, ha recibido el nombre de frontera agropecuaria.
Algunos autores sostienen que “estas fronteras, muy comunes en toda la historia regional, formaron la base territorial y económica para buena parte de las economías agroexportadoras del área, y se mantuvieron activas hasta los tiempos actuales, si bien con distintas características” (Reboratti, 1990).
La frontera constituye un fenómeno complejo y dinámico, cambiante, e indefectiblemente existen una serie de términos que están muy ligados al mismo. Es común hablar de tierras nuevas y, directamente asociado a ella, de colonización.
Colonización es una palabra que aparece como indisociable al tema de la frontera, aunque en sus comienzos era una expresión que definía tanto el asentamiento en tierras nuevas de pequeños o medianos agricultores, como la ocupación de territorios por alguna potencia extranjera con la intención de dominarlos. Aquí se convendrá que aún hoy algo de esto último subsiste.
En Latinoamérica colonizar se asoció generalmente con ocupar tierras para la agricultura, y por lo tanto el término colonización significó inmigración de extranjeros por medio de planes de colonización.
Así, en un principio, las fronteras agropecuarias fueron espontáneas y la ocupación de los territorios y su estructuración definitiva solo fue parcialmente apoyada por la intervención estatal. Más adelante los Estados se interesaron en organizar y ocupar el espacio como una forma de incentivar el poblamiento para acrecentar la producción agrícola. Entonces se comenzó a promocionar y planificar el avance de la frontera.
Las fronteras planificadas, manejadas en su mayor parte por los estados nacionales o provinciales, estaban asociadas a la idea de la colonización, la migración ya sea de extranjeros o de nativos provenientes de otros lugares, la reproducción de sistemas agrarios, la distribución de la tierra en pequeñas parcelas y la producción de cultivos para el mercado interno, regional o a lo sumo nacional.
En nuestro país el fuerte impulso a la inmigración fue dado en el año 1876 por el entonces presidente Nicolás Avellaneda. El 19 de octubre de ese año se promulgó la Ley de Inmigración y Colonización mediante la cual la República Argentina abrió sus puertas a la oleada inmigratoria, en su gran mayoría europea. El esquema de colonias aplicado por Brasil en el sur de su territorio indicaba que el mismo tenía grandes posibilidades de éxito en el nuestro. Los colonos aparecieron como un producto directo de esa colonización oficial.
La transformación de una inmensa parte de las tierras de la provincia de Entre Ríos es el resultado de la oleada inmigratoria de fines del siglo XIX y de principios del siglo XX. Este proceso de poblamiento produjo un cambio sustancial en el uso del suelo, una expansión espacial que, en América Latina, ha recibido el nombre de frontera agropecuaria.
Algunos autores sostienen que “estas fronteras, muy comunes en toda la historia regional, formaron la base territorial y económica para buena parte de las economías agroexportadoras del área, y se mantuvieron activas hasta los tiempos actuales, si bien con distintas características” (Reboratti, 1990).
La frontera constituye un fenómeno complejo y dinámico, cambiante, e indefectiblemente existen una serie de términos que están muy ligados al mismo. Es común hablar de tierras nuevas y, directamente asociado a ella, de colonización.
Colonización es una palabra que aparece como indisociable al tema de la frontera, aunque en sus comienzos era una expresión que definía tanto el asentamiento en tierras nuevas de pequeños o medianos agricultores, como la ocupación de territorios por alguna potencia extranjera con la intención de dominarlos. Aquí se convendrá que aún hoy algo de esto último subsiste.
En Latinoamérica colonizar se asoció generalmente con ocupar tierras para la agricultura, y por lo tanto el término colonización significó inmigración de extranjeros por medio de planes de colonización.
Así, en un principio, las fronteras agropecuarias fueron espontáneas y la ocupación de los territorios y su estructuración definitiva solo fue parcialmente apoyada por la intervención estatal. Más adelante los Estados se interesaron en organizar y ocupar el espacio como una forma de incentivar el poblamiento para acrecentar la producción agrícola. Entonces se comenzó a promocionar y planificar el avance de la frontera.
Las fronteras planificadas, manejadas en su mayor parte por los estados nacionales o provinciales, estaban asociadas a la idea de la colonización, la migración ya sea de extranjeros o de nativos provenientes de otros lugares, la reproducción de sistemas agrarios, la distribución de la tierra en pequeñas parcelas y la producción de cultivos para el mercado interno, regional o a lo sumo nacional.
En nuestro país el fuerte impulso a la inmigración fue dado en el año 1876 por el entonces presidente Nicolás Avellaneda. El 19 de octubre de ese año se promulgó la Ley de Inmigración y Colonización mediante la cual la República Argentina abrió sus puertas a la oleada inmigratoria, en su gran mayoría europea. El esquema de colonias aplicado por Brasil en el sur de su territorio indicaba que el mismo tenía grandes posibilidades de éxito en el nuestro. Los colonos aparecieron como un producto directo de esa colonización oficial.
