El rol de la Jewish Colonization Association
Muchas de las colonias que se asentaron en nuestro país fueron una mezcla de empresas públicas y privadas, y estaban estimuladas por el creciente interés de los gobiernos europeos de principios del siglo pasado en promover la inmigración. En estos esquemas el país receptor ofrecía sus tierras, que eran ocupadas por colonos extranjeros apoyados por sus respectivos gobiernos. Esto fue muy común entre los años 1870 y 1930, época en la que los gobiernos de América Latina estaban convencidos de la superioridad de una colonización europea sobre la local, y apoyaban este tipo de proyectos.
Pero el éxito de algunos emprendimientos colonizadores y la existencia de tierras baratas y mercados agrarios en expansión, también llevó a que aparecieran colonias planificadas por verdaderas empresas privadas. En otros casos fueron cuestiones políticas, ideológicas o sociales las que impulsaron su formación.
En el centro de la provincia de Entre Ríos se instalaron los inmigrantes judíos que llegaron desde Rusia, fundando colonias que hoy forman parte de la historia del país.
A partir de 1881, tras el asesinato del zar Alejandro II, la vida de los judíos en Rusia se había tornado muy dificultosa, ya que a las condiciones de explotación y opresión que padecían se les sumó el haber sido sindicados como promotores del atentado.
Convertidos en una suerte de enemigos, algunos intentaron emigrar; pero esta tarea no les resultó fácil. Se encontraron con la resistencia que suponía el antisemitismo de varios países de Europa central. Eso los obligó a buscar nuevos destinos, y uno de ellos fue Argentina.
Sin embargo, la formación de las colonias en Entre Ríos no hubiese sido posible sin la intervención del barón Mauricio de Hirsch, un banquero que se ocupó de la financiación de aquellos asentamientos.
Para ello fundó en 1891 la Jewish Colonization Association, compañía a través de la cual compró las 80.265 hectáreas que conformaron originalmente la Colonia Clara –que en la actualidad abarca las localidades de Villa Clara, Villa Domínguez, Ingeniero Sajarof y Villaguay– y las 30.631 hectáreas de Colonia Lucienville, cuya extensión actualmente se encuentra circunscripta a la localidad de Basavilbaso (ver mapa en la página siguiente).
La Jewish Colonization Association les otorgó a los colonos judíos parcelas de entre 75 y 100 hectáreas. El primer contingente, compuesto por 245 familias, arribó en el año 1892 a bordo del vapor “Pampa”, y otras 240 llegaron dos años más tarde en el vapor “Orione”. En total arribaron 1500 personas. El barón Hirsch no llegó a conocer estas tierras: murió en 1895.
Los colonos judíos tuvieron que sortear muchísimas adversidades, ya que desconocían el idioma, no tenían experiencia como agricultores y las tierras que les fueron asignadas formaban parte de un vasto monte de exuberante vegetación.
Los hombres comenzaron con las tareas de desmonte y pronto se dedicaron a cultivar lino, maíz y trigo. Con los dividendos obtenidos de sus cosechas pagaban las tierras otorgadas por la Jewish Colonization Association, entendiéndose que lo más importante era saldar cuanto antes la deuda contraída con esa empresa.
Así la frontera agrícola se expandió rápidamente y de los terrenos ganados al espinal mesopotámico comenzó a brotar una increíble riqueza. Esto se apoyaba en un conjunto de favorables condiciones ecológicas: un clima con temperaturas nunca tórridas ni congelantes, lluvias que permiten cultivos en secano con aceptable seguridad de cosecha y extensos suelos fértiles, profundos y bien drenados.
Años más tarde llegó el turno del arroz, y con él la inundación de miles y miles de hectáreas de campos. Muchos agricultores vieron en el nuevo cultivo una excelente oportunidad económica; pero los efectos negativos sobre el suelo no tardaron mucho tiempo en aparecer.
A pesar de que en el año 1892 el estanciero Benigno Del Carril había descubierto que la rotación de cultivos era un método válido para mejorar los campos, los colonos judíos, probablemente por su desconocimiento del tema, no hicieron grandes aplicaciones de agricultura conservacionista en sus campos. De modo tal que la rotación de cultivos, imprescindible para permitir explorar diversos recursos –por ejemplo, diferentes profundidades de suelo– en forma sucesiva, facilitando su recuperación, fue ignorada por la gran mayoría.
La erosión y el agotamiento de los suelos comenzaron a hacerse sentir y durante varios años se registró una notable caída en el nivel de las cosechas. Llevó otros tantos años intentar revertir el proceso de degradación, aunque aún en la actualidad se encuentran vestigios de aquella devastación a la que fue sometido el suelo de la región central entrerriana, considerado uno de los más fértiles del mundo.
Pero el éxito de algunos emprendimientos colonizadores y la existencia de tierras baratas y mercados agrarios en expansión, también llevó a que aparecieran colonias planificadas por verdaderas empresas privadas. En otros casos fueron cuestiones políticas, ideológicas o sociales las que impulsaron su formación.
En el centro de la provincia de Entre Ríos se instalaron los inmigrantes judíos que llegaron desde Rusia, fundando colonias que hoy forman parte de la historia del país.
A partir de 1881, tras el asesinato del zar Alejandro II, la vida de los judíos en Rusia se había tornado muy dificultosa, ya que a las condiciones de explotación y opresión que padecían se les sumó el haber sido sindicados como promotores del atentado.
Convertidos en una suerte de enemigos, algunos intentaron emigrar; pero esta tarea no les resultó fácil. Se encontraron con la resistencia que suponía el antisemitismo de varios países de Europa central. Eso los obligó a buscar nuevos destinos, y uno de ellos fue Argentina.
Sin embargo, la formación de las colonias en Entre Ríos no hubiese sido posible sin la intervención del barón Mauricio de Hirsch, un banquero que se ocupó de la financiación de aquellos asentamientos.
Para ello fundó en 1891 la Jewish Colonization Association, compañía a través de la cual compró las 80.265 hectáreas que conformaron originalmente la Colonia Clara –que en la actualidad abarca las localidades de Villa Clara, Villa Domínguez, Ingeniero Sajarof y Villaguay– y las 30.631 hectáreas de Colonia Lucienville, cuya extensión actualmente se encuentra circunscripta a la localidad de Basavilbaso (ver mapa en la página siguiente).
La Jewish Colonization Association les otorgó a los colonos judíos parcelas de entre 75 y 100 hectáreas. El primer contingente, compuesto por 245 familias, arribó en el año 1892 a bordo del vapor “Pampa”, y otras 240 llegaron dos años más tarde en el vapor “Orione”. En total arribaron 1500 personas. El barón Hirsch no llegó a conocer estas tierras: murió en 1895.
Los colonos judíos tuvieron que sortear muchísimas adversidades, ya que desconocían el idioma, no tenían experiencia como agricultores y las tierras que les fueron asignadas formaban parte de un vasto monte de exuberante vegetación.
Los hombres comenzaron con las tareas de desmonte y pronto se dedicaron a cultivar lino, maíz y trigo. Con los dividendos obtenidos de sus cosechas pagaban las tierras otorgadas por la Jewish Colonization Association, entendiéndose que lo más importante era saldar cuanto antes la deuda contraída con esa empresa.
Así la frontera agrícola se expandió rápidamente y de los terrenos ganados al espinal mesopotámico comenzó a brotar una increíble riqueza. Esto se apoyaba en un conjunto de favorables condiciones ecológicas: un clima con temperaturas nunca tórridas ni congelantes, lluvias que permiten cultivos en secano con aceptable seguridad de cosecha y extensos suelos fértiles, profundos y bien drenados.
Años más tarde llegó el turno del arroz, y con él la inundación de miles y miles de hectáreas de campos. Muchos agricultores vieron en el nuevo cultivo una excelente oportunidad económica; pero los efectos negativos sobre el suelo no tardaron mucho tiempo en aparecer.
A pesar de que en el año 1892 el estanciero Benigno Del Carril había descubierto que la rotación de cultivos era un método válido para mejorar los campos, los colonos judíos, probablemente por su desconocimiento del tema, no hicieron grandes aplicaciones de agricultura conservacionista en sus campos. De modo tal que la rotación de cultivos, imprescindible para permitir explorar diversos recursos –por ejemplo, diferentes profundidades de suelo– en forma sucesiva, facilitando su recuperación, fue ignorada por la gran mayoría.
La erosión y el agotamiento de los suelos comenzaron a hacerse sentir y durante varios años se registró una notable caída en el nivel de las cosechas. Llevó otros tantos años intentar revertir el proceso de degradación, aunque aún en la actualidad se encuentran vestigios de aquella devastación a la que fue sometido el suelo de la región central entrerriana, considerado uno de los más fértiles del mundo.

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